Cuentos de arpías y rebeldes (III)

Por fin consigo reabrir mi bitácora más querida, tras un silencio en ella de más de un año. Pero ya tenía tantas ganas que el día de la CONVIVENCIA me empujó. En este espacio escribo abiertamente lo que pienso, de casi cada tema que en un cierto momento despierte mi interés. Aquí encontraréis literatura, política, educación, religión, maternidad, organización... Un vivo reflejo de lo que soy y lo que siento.

Bienvenidos, poneos cómodas, estáis en vuestra casa.



martes, 1 de mayo de 2012

Primero de Mayo

Il Quarto Stato, de Giuseppe Pellizza da Volpedo (1868-1907) Wikimedia
Me siento obligada, desde la distancia, a expresar mis ganas de estar allí, con todos vosotros y vosotras, marchando de nuevo con miedo... pero con la certeza de que no merecemos este desprecio a lo que con tanto esfuerzo conseguimos: garantías frente los abusos del poder. Si hay algo que decir este Primero de Mayo bien alto y bien claro es que podemos perder poder adquisitivo, trabajo, vivienda digna, calidad en la educación, pero no estamos dispuestas a perder el derecho a decir que es injusto. Este Primero de Mayo  reivindico mi derecho a disentir y a luchar por aquello en lo que creo, el derecho a que la policía me defienda y no me ataque, el derecho a que mis hijos sigan viviendo sin miedo al gobierno y a sus fuerzas del orden. 

Renuncié a la economía planificada, como tantos, pensando que no valía tanto como la libertad de expresión y de elección. ¡Que ingenuidad la nuestra..! Fuimos libres mientras le interesó al mercado, libres para hablar y para comprar. Ahora no le interesa, está ocupado en otros menesteres, y no puede permitirse distracciones, así que, aquí se acaba esa libertad que nos vendieron en lugar de la justicia y la igualdad. Suena dramático, pero hay unos cuantos jóvenes encarcelados, hace pocas semanas murió otro... todo ello por salir a la calle a decir lo que pensaban. 

Este Primero de Mayo quiero estar en la calle más que nunca.






miércoles, 18 de abril de 2012

La Educación es cosa de TOD@S

La imagen es de aquí

Estoy preocupada porque veo en mi timeline de Twitter y de Facebook observaciones que me sorprenden. No por su ingenio, no, sino más bien por su falta de profundidad... o porque, a mis ojos, se quedan superficiales, viniendo de personas que tengo en muy alta consideración, tanto intelectual como ideológicamente (lo afectivo, en este artículo, pensaba dejarlo de lado...)

Hemos entrado en un periodo oscuro para el servicio público, para la sociedad del bienestar; especialmente afectada se ve la Educación financiada con fondos públicos. El ministro Wert (ese que no da una) ha propuesto una serie de medidas a las comunidades autónomas para reducir el "gasto" en sus respectivas partidas educativas (totalmente transferidas las competencias de prestación de este servicio no puede hacer mucho más en el corto plazo) y así contener el déficit público global del Estado. 

Se confunde gasto con inversión, como dice mi amigo @jonsarean, porque en Educación todo lo que se gasta se recupera en forma de ciudadanos y ciudadanas educados; pero esto no es exclusivo de la educación; en investigación está pasando lo mismo; y en sanidad, aunque no me lo he estudiado a fondo, está ocurriendo más de lo mismo (presumo que la medicina preventiva se verá muy afectada): es un problema de las democracias parlamentarias, que son cortas de vista, y la mirada no les alcanza para nada que vaya a ocurrir "más allá del horizonte" de su mandato, esto es, pasados 4 años... 

Supongamos que se decide que las mamografías preventivas a mujeres en edad madura, como yo, se realicen cada 4 años, en lugar de cada 2 (que era la pauta en Navarra); el ahorro está claro... si uno no sabe conjugar el futuro imperfecto: ¿cuánto costará el tratamiento de aquellas mujeres cuyo cáncer de mama no se detecte precozmente, en comparación con el coste de la mamografía más el del tratamiento precoz? ¿Y cuánto costará lo que no se puede pagar con MasterCard? (la primera interrogación es sobre números, la segunda sobre seres humanos, personas, que casi siempre están detrás de los números...)

El coste a 20 años que tendrá para una sociedad reducir la inversión en Educación, en la medida que ha estimado necesaria el gobierno del Estado para reducir el déficit público de este año, y las que está tomando para asegurar esa reducción un número indeterminado de años es... ¡incalculable! Quienes creemos en la Educación como motor del cambio social, y personal, sufrimos porque nuestro modelo de sociedad y de desarrollo se aleja de nuestras manos un poco más, y presumiblemente, de las de las próximas generaciones: es una cuestión filosófica, ideológica, y también práctica, porque para nosotros y nosotras, el combustible que mueve el mundo no son las diferencias que llevan a unos desear estar en el lugar de los otros, sino la colaboración, la resolución conjunta de los problemas, la solidaridad y el anhelo de vivir en un mundo más justo y más libre. Estas creencias, sueños o ideas no son exclusivos de las personas que trabajan en las escuelas, o de las familias de los niños y niñas que acuden a ellas. No es como soñar con un convenio mejor para los trabajadores del metal. Y de igual forma, la lucha, la exigencia, la movilización, sean estas del tipo que sean, usen los medios que usen, han de ser CIUDADANAS, y pensando en el largo plazo, en el futuro. 

Podemos, también, aventurar algunas consecuencias inmediatas de las medidas propuestas por Wert: abandono temprano del alumnado por falta de adaptación; fracaso por necesidades educativas no atendidas; deterioro del clima de aula, de trabajo, de convivencia en el centro; fracaso en las PAU, o en la propia Universidad; Loly Álvarez, @peralias, hace una buena revisión de las implicaciones de algunas de las medidas en su último post. Hay muchas cuestiones de orden práctico que van a afectar a la calidad del servicio educativo. Algunas de ellas incidirán muy directamente en el desempeño profesional, en las condiciones laborales del profesorado. Y tendrán repercusión en el alumnado, y en las familias también. Es posible considerar que las y los docentes, como trabajadores, y como profesionales, puedan manifestarse en contra, y llevar a cabo protestas sectoriales, como cualquier otro grupo o sector; muchas de esas reivindicaciones tendrán un fuerte apoyo de otros trabajadores, o de otros colectivos a los que las medidas también afectarán, y con los que tienen fuerte relación, como asociaciones de estudiantes y asociaciones de padres y madres de estudiantes. De hecho, la Plataforma por la Enseñanza Pública está constituida por todos los sectores (aunque no por todos los colores), y ya ha anunciado que convocarán movilizaciones en todo el Estado. Creo que la Plataforma piensa en un modelo de servicio educativo (o varios, pero parecidos), y por tanto en el medio plazo. Y nuevamente es una iniciativa CIUDADANA. También hay iniciativas ciudadanas que celebran las medidas, concretamente la Concapa, que no sé si es que no dice lo que piensa, o es que no piensa lo que dice...

He "oído" algunas voces inesperadas, como dije al principio, preguntándose si las familias, los padres y las madres, no deberían empezar a hacer algo... Y creo que la pregunta está fuera de lugar, pero es muy posible que no entienda la pregunta. Y si yo no la entiendo, tal vez necesita ser reformulada.  Las familias, y las personas que no tienen familia también, en general, ciudadanos y ciudadanas, estamos haciendo lo que nos parece correcto a cada uno; nos manifestamos, escribimos en nuestros blogs, compramos camisetas de la #mareaverde, twitteamos indignados, o tristes, o desesperados por la ignorancia, estupidez o mala fe de nuestro Ministro. Algunos, como apuntaba @ainhoaeus, concentran sus energías en defender sus puestos de trabajo, o en buscarse uno nuevo. Lamentablemente, en el corto plazo, no vamos a parar nada con nuestras acciones, pero todo el mundo se pronuncia; llamar a las familias, específicamente, reclamar que "empiecen a hacer algo", es desconsiderado con las que ya lo estamos haciendo, pero sobretodo, es un error de estrategia, sobre todo viniendo de algunas voces. Porque si precisamente en esas "voces" hay un atisbo de reproche, la guerra está perdida...

... o tal vez, insisto, no he entendido nada.

ADDENDA. Imprescindible la lectura de (a fecha de hoy) dos post, y los correspondientes comentarios, para completar el panorama:
- "Carta a las familias de mi centro" de Miguel Rosa y
- "Previsión Meteorológica: Tormenta Perfecta" de Fernando Trujillo

viernes, 13 de abril de 2012

La República Independiente de Juan

La foto es de Steve-h

Conozco a un hombre bueno; fumador, pero bueno. Es un hombre sencillo, que vive en el campo, trabaja para ganarse los cuartos (pocos) en un puesto estable de mileurista - será para siempre, el puesto, y el salario también.

De pequeño era un estudiante pésimo, y las maestras no sabían qué hacer con él. Era inquieto, y ponía una extraordinaria cantidad de energía en incordiar a las personas que estaban a su alrededor: compañeros, hermanas, o mascotas. La única persona adulta con autoridad real, según él, era Félix Rodríguez de la Fuente. 

La última vez que lo visité, estaba estudiando los cuaterniones, para un proyecto colaborativo de desarrollo de una plataforma para programar videojuegos. Así como os lo cuento.



Cuando digo que era mal estudiante, lo digo en serio. Sus resultados eran tremendos. Lo recuerdo un verano, en 2º de EGB, recibiendo toreando todos los días dos horas de clase, con la calorina que hace en Madrid en el mes de julio, y con el derecho a playa muy mermado en el mes de agosto a costa de los trabajos de recuperación. Consiguió a trancas y barrancas terminar la EGB sin repetir ningún curso, y llegó al instituto (esto no era opcional, porque en la familia, hacía ya dos generaciones, todos iban a la universidad, por las dos ramas). Allí consiguió entre junio y septiembre acabar 1º de BUP, pero ya 2º lo tuvo que hacer un par de veces. 

La imagen es de Tomás Reynoso
Cambió de instituto, y empezó a funcionar mejor: nuevos amigos, nuevos profesores... Consiguió acabar BUP, COU, aprender a coleccionar coleópteros, enamorarse, comprarse una cámara reflex, pasar la Selectividad, empezar una Ingeniería (entraría en los detalles del porqué), y mantenerse aferrado a ella unos DIEZ AÑOS, aprender a tocar el saxofón, programar un videojuego de Mus, volverse a enamorar, y por fin, montar una empresa con la carrera ya casi terminada. Una empresa que funcionó, en la fase experimental y a pequeña escala, durante casi dos años, pero que no llegó a desarrollarse del todo, por motivos esencialmente sentimentales - la vida es un todo.

Su siguiente paso fue terminar Ingeniería, mandar un CV (uno) y hacer unas pruebas psicotécnicas para una empresa pública. No tenían ningún puesto en ese momento abierto, pero le contrataron igualmente, en vista del resultado de las pruebas. Al poco tiempo, decidieron el puesto al que querían asignarle, como desarrollador de aplicaciones, administrador de bases de datos, y no sé cuántas cosas más relacionadas con el mundo agrario, aunque a 250 Km de casa. Eran los años 90, y estos perfiles pioneros en tecnologías se rifaban. Pero yo creo que había algo más... 

Cualquier persona habría accedido a moverse con la empresa cuando después de las maduras vinieron las duras, pero no él. Después de varios años, cuando se decidió concentrar a todos los empleados en Madrid de nuevo, él se plantó. No sirvieron las ofertas de promoción o de mejoras salariales. Se había afincado en medio del campo, y no quería ni oir hablar de volver a Madrid. Así que les mandó a paseo e intentó buscarse la vida en el entorno que había elegido para vivir. Probó distintas alternativas durante un par de años, y finalmente, opositó, se situó entre los 10 primeros puestos, y consiguió ese trabajo del que os hablé más arriba.

La imagen es de Miles Skorpen
Por el camino, se emparejó con una mujer estupenda, y tuvo un par de hijos preciosos. Su trabajo le deja tiempo para cuidar de todos sus proyectos: los afectivos y los intelectuales. Pasa mucho tiempo trasteando en las redes, y tiene un corazón totalmente 2.0. A día de hoy, está convencido de que solo podrá desplazarse usando combustible un tiempo muy corto, y se ha puesto manos a la obra, a estudiar lo que hacen otras personas que viven en entornos rurales, y a investigar sobre formas de consumo sostenibles, y basadas en la autosuficiencia - y por tanto, aceptando la "localidad" en relación con la forma de vida, pero valiéndose de la "universalidad" que le proporcionan las TIC. 


Para mí, es un hombre que ha triunfado en la vida, porque ha podido (y puede) elegir entre dejarse arrastrar por las aguas del cauce principal, antes plácidas, pero ahora revueltas, y los arroyos y ramificaciones marginales, menos caudalosas y más navegables con su propia balsa. 

Ayer visité su blog, en el que hasta ahora exponía las fotos que roba a las aves desde su escondite, y encontré varios proyectos en marcha en la línea del "ciudadano autosuficiente". 


Este hombre es mi hermano, al que miraba con mirada crítica porque no se plegaba en casa, no se plegaba en la escuela, no se plegaba en los scouts, no se plegaba en el trabajo. Mi hermano no se ha plegado ante la vida, ante los demás. Es la persona más inteligente, creativa y satisfecha que conozco. Y más anti-sistema, también. Su familia sí que es una república independiente, y no lo de IKEA.

Ahora mismo, siento una gran admiración por el rumbo que, junto con su pareja, ha imprimido a su vida. Admiro, en particular, su capacidad para ser fiel a sí mismo, pese a todas las cuestas arriba que ha tenido que superar a lo largo de su vida. Y escribo sobre él por dos motivos: el primero, porque me siento orgullosa de poder decir que es mi hermano; y el segundo, porque creo que en la escuela hay muchas niñas y niños como él, maniatados, amordazados y con los ojos vendados; algunos de ellos, tal vez, aprendan a moverse, a expresarse y a ver, a través de todas esas "cárceles del alma" en que les encerramos los adultos, e incluso sus iguales bien adaptados; pero muchos otros prisioneros de nuestras expectativas y frustraciones perderán sus maravillosos tesoros infantiles en el camino hacia la madurez y se convertirán en personas adecuadas o fracasadas, o las dos cosas a la vez. 

La imagen es de Sarah Macmillan

Todavía hoy me pregunto qué es lo que salvó a mi hermano, qué es lo que le ha permitido seguir aferrado a las riendas de su vida y no soltarlas nunca. Apostaría que el amor de su padre y su madre, de sus amigos, de sus amantes, y posiblemente de algún docente (le preguntaré). Por encima de sus métodos y de sus ideas sobre lo correcto y lo equivocado, se puede adivinar el amor de las personas que han sido importantes en su vida. Qué suerte que ha sabido remezclar todas esas exigencias, reproches, besos, vociferantes discusiones, gestos de decepción, abrazos, amenazas, mañanas de pesca... y traducirlo, interpretarlo como una muestra innegable de amor.


Porque, seguramente, el amor es de lo único de lo que no podemos prescindir.





lunes, 19 de marzo de 2012

Familias y Escuela: Empatía, participación, diversidad y redes


Venía yo rumiando tras leer ecos del #EABE12... En particular, me quedé enganchada en una reflexión de Manuel Jesús en Direblog: "(...) en nuestro grupo había dos padres y una madre (éramos más padres y madres, pero contábamos como docentes)". Casualmente, también en Twitter se inició una discusión (suave, no más que un aleteo entre tres o cuatro aves revoltosas... ) en la que se acabó nombrando a los "especialistas escolares"... Así que decidí escribirlo aquí, Twitter es demasiado efímero.

Ya lo he dicho más veces: la clave de la participación de las familias está en querer que participen. Pero no todas las personas entendemos lo mismo por participar, o por querer, e incluso me atrevería a decir que algunas no tienen claro que sea bueno, por sí mismo, que las familias participen. Se me ocurren varias reflexiones, que tal vez ayuden a desenredar la madeja de lo que significa que las familias estén en la escuela, e incluso (nada me gustaría más) a convertir a los reticentes.

Imagen de Douglas Walker
Lo primero es ponerse en su lugar, en nuestro lugar, en el lugar de las familias: que los y las docentes recuerden que son padres y madres (los que lo son, claro), que tienen hijos e hijas, que a su vez tienen profesores y profesoras. Que recuerden cómo se acercan a los maestros y maestras de sus hijos e hijas, si se les hace necesario decir que son del gremio, o si por el contrario, ni lo comentan. Si acuden a las entrevistas a las que les citan, o les coincide con sus horas de trabajo; si les parece que es suficiente responder a las iniciativas del docente o si van más veces a la escuela a interesarse por aspectos generales de la gestión, de las instalaciones o del modelo pedagógico; si por el contrario, se mantienen a una prudente distancia porque ya conocen de primera mano lo incómodo que resulta tener a una madre o a un padre husmeando por allí. No bromeo, me parece que es imprescindible explorar en nuestras propias actitudes y sentimientos para entendernos y entender a los demás. Si resulta que no tienes descendientes, puedes simplemente recordar tus tiempos de escuela, y cómo recuerdas el papel que tu padre y tu madre jugaban en ella...

Para continuar, tratemos de entender lo que quiere decir "participar". La escuela es el instrumento del que se ha dotado la sociedad para la educación de nuestras hijas e hijos. El uso de estas palabras, "sociedad" y "nuestras", conlleva al menos dos niveles distintos de participación. Por un lado, las familias son reconocidas por la sociedad en general como un agente o sector dentro de la Educación, de la Escuela con mayúsculas, o más bien como la forma en que la sociedad está presente en ella, y por eso la ley prevé una serie de mecanismos para el control social y democrático de lo que ocurre dentro de las escuelas (ayuntamientos aparte), desde el Consejo Escolar del Estado hasta la figura de delegado o delegada de grupo, incluyendo el papel que de forma bastante hegemónica se otorga a las federaciones y asociaciones de madres y padres. Para mi gusto, esta participación de la sociedad se queda extraordinariamente corta para lo que podría ser, pero ese es otro asunto. Sin embargo, existe otro nivel de participación: el que está asociado al hecho de que sean MIS hijos e hijas los que están en una escuela concreta, con una determinada maestra o maestro, y unos compañeros y compañeras. Ese nivel de participación no está tan claramente regulado, porque no es posible regular la educación que cada familia quiere dar a sus hijas e hijos, y es el que me gustaría desarrollar en este artículo.
Imagen de josesoyo

La participación no puede entenderse como la lectura fiel de un guión escrito por otros. No podemos pretender que todas las familias participen de la misma manera, ni interpretar que la falta de adecuación a ese guión es desinterés o desidia. No podemos blandir la diversidad como riqueza en una mano, y con la otra expulsar a los que no se ajustan al esquema establecido por nosotros mismos. No podemos criticar la falta de compromiso de los que están más lejos y rechazar el exceso de celo de los que se acercan más. Participar significa comprometerse, pero también capacidad para decidir, para cambiar, para intervenir; no es un sinónimo de escuchar, obedecer e informar. Cuando yo digo que quiero participar activamente en la educación que la escuela de mis hijos les da, lo que digo es que quiero pactar con la escuela tanto lo que se espera de ellos y de mí, como lo que la escuela les dará a cambio. Pactar, sí, eso he dicho: la otra cara de la moneda de la participación de las familias es la pérdida del control absoluto de los procesos educativos por parte de la escuela.  

En este punto, me parece interesante traer a colación un texto que proponía @salpegu en twitter, de Miguel Angel Santos Guerra, "La escuela que aprende", y extraería esta cita:

"Los padres se consideran inexpertos en cuestiones de enseñanza, y los mismos profesores se encargan de recordarlo. El profesionalismo actúa como una barrera disuasoria..."


Un ejemplo, que creo que muchas personas, hombres y mujeres, entenderéis: participar en las tareas del hogar no es ir a la compra con la lista que te ha hecho tu mujer, o pasar el polvo cuando te lo piden; es repartirse el trabajo de manera consensuada, aunque las tareas finales sean las mismas. El primer modelo te deja fuera de las decisiones, y también de las responsabilidades; te empequeñece, y no te hace sentirte parte; el segundo modelo te responsabiliza, y te reconoce en tu condición de adulto capaz.

Sigamos. Como tercera observación, una obviedad: ni las familias ni los docentes ni el alumnado de una escuela se pueden ventilar con una etiqueta, ya que todo lo que digamos será solo una aproximación a la realidad... Cada familia, como cada alumno o cada maestra, es diferente; cada familia entiende la relación con sus hijas e hijos de manera diferente, así como su educación y la relación con la escuela; de la misma manera que cada niño o cada niña van a la escuela y trabajan con distinto talante, y cada docente entiende su trabajo de manera diferente. 

Imagen de Julie Falk
He trabajado muchos años de cara al público. He tenido que escribir muchos carteles, redactar muchas instrucciones y mantener muchas conversaciones para y con mis usuarios. Y si no hacía un esfuerzo por entender lo que le iba a mi interlocutor en aquello de lo que hablábamos, no llegaba a ninguna parte, no podía ayudarle. Si basaba mi entendimiento en juicios previos, suposiciones o experiencias anteriores con otras personas usuarias del servicio, acababa con severos malentendidos. Porque cada persona es diferente, y si el servicio que prestas es un poco complejo, esta diferencia se hace absolutamente patente. La educación es, reconozcámoslo, un servicio complejo, y para prestarlo con calidad, es necesario atender a cada uno de acuerdo con lo espera del mismo. Eso no quiere decir que esas expectativas sean correctas, legítimas o ni siquiera razonables, y tampoco hay por qué considerarlas inmutables. Pero lo que, desde luego, no es admisible es que las expectativas de las familias respecto de la escuela y de sus propios hijos sean impuestas, unilateralmente, por la escuela. En particular, las expectativas en relación con el aprendizaje y el rendimiento escolar, deben estar adaptadas a cada individuo, familia, centro, barrio... Y para alcanzar eso hay que escuchar, casi tanto como hablar. 

Por último, me gustaría que cada maestro y cada maestra pensara en ese padre, o esa madre, con quien se entiende especialmente bien este curso. No sé si habrá más de uno, pero más de una, seguro. ¿Ya lo tienes? Pues ¡úsalo! ¡Pregúntale, comunica tus inquietudes! Una cosa es la discreción, y otra los secretos de Estado. A veces, es difícil entenderse con algunas familias. Puedo aceptar que incluso muchas veces. Pero entre las familias de una escuela, de una comunidad, hay redes que facilitan el entendimiento y la aproximación. Y sí, también hay casos perdidos, pero se hace difícil creer que sean la mayoría de las familias ¿no? No conseguirás la participación de las familias en la escuela hablando de ellas, sino hablando con cada una de ellas. 

Imagen de Marc Wathieu
Para la Secundaria no tengo propuestas, lo siento. Creo que a las familias, como al alumnado, se las educa desde Infantil (y esto lo siento también). Pero el sentido común, y el estadístico, siempre ayudan. La probabilidad de que todas las familias de un centro sean intratables o malas personas es casi nula. Más o menos, parecida a la de que todos y todas las docentes del mismo centro sean malos profesionales o malas personas. A título personal, casi siempre he recibido buenas palabras de mi hijo y de mi hija por parte de sus tutores, salvo en tres de ocasiones: la primera de ellas, una profesora me dijo que estaba muy decepcionada con mi hija, su rendimiento y su comportamiento; la segunda, el curso siguiente, una profesora me regañó por aportar mi opinión respecto a lo que preguntaba en la reunión de familias de principio de curso; ambas cosas me parecieron comprensibles, soportables, y las encajé razonablemente, aunque no estuviera de acuerdo; la tercera ocasión, dos años más tarde, una profesora me contó que mi hija era una egoísta porque preguntaba mucho en clase, una impertinente porque cuando le preguntaban qué carrera estudiaría contestaba "No sé, pero estudiaré en Madrid y no en Pamplona", y una inconsciente, como sus padres, porque había elegido el Bachillerato de Ciencias cuando sus inclinaciones eran artísticas. Para la falta de profesionalidad, de sentido común y de tacto de esta persona no tuve palabras. Para su soberbia y su estrechez de miras, tampoco. Estoy segura de que sus encuentros con otras familias habrán sido una fuente continua de malos tragos y experiencias amargas. Yo creo que bastaría con no agredir a la gente, culpándoles o poniendo en duda su trabajo como padres o madres. Si queremos, al menos, colaboración, a las familias hay que sentarlas al lado, no sacarlas a la palestra. 

La escuela está al servicio de la ciudadanía, y no al revés. Eso quiere decir que todo lo que se haga en ella debería ir dirigido a mejorar el servicio de la educación. Para mí es obvio que la mejora de ese servicio está también en el punto de mira de las familias. Pero también lo es que la idea sobre lo que debe ser dicho servicio no es la misma para todas las personas, sean estas familiares, docentes o alumnado. La disparidad en los puntos de vista, o la falta de conocimientos específicos sobre los procesos de aprendizaje o los contenidos de los mismos, no justifica la falta de transparencia de la escuela. 

Y, recordemos, la norma plantea un mínimo para la participación, no un techo. 

miércoles, 14 de marzo de 2012

Un cuento, nada más.

Voy a contar un cuento, una historia, sobre una escuela, una maestra, una familia y un niño. Un cuento que lo pone todo del revés, porque la vida es así, independientemente de lo que una espere, desee, o tenga previsto. 

Imagen de Ariel López
Este cuento es una ficción, más o menos. Cualquier parecido a la realidad es... un parecido. Pero necesito escribirlo para demostrar algunas cosas:

1. La experiencia personal es una fuente enorme de conocimiento, pero no necesariamente una guía para elaborar el propio código ético o sistema de valores. 

2. El conocimiento que aporta la experiencia personal no puede sustituir al conocimiento global sobre los fenómenos o los procesos, ni a la realidad, solo puede matizarlo, o ayudar a su comprensión. En educación, y en cualquier otra disciplina.

3. Las buenas maestras, como las buenas personas, se equivocan muchas veces: no solo cuando se arriesgan e innovan, también cuando se ciñen a lo conocido. 




Tipografía de Letrerías


abía una vez un niño, que es por donde deberían empezar todas las historias sobre la escuela. 


Era un niño silencioso, un poco triste, con unos ojos grandes y negros como túneles del AVE y un talento de talentos, por todos y todas conocido y apreciado. Como todos los niños, adoraba a su papá, a su mamá, y a su maestra. Pero no les entendía. No entendía por qué tenía que rellenar una cuadrícula con los números del 100 al 200, cuando ya sabía contar hasta infinito (o casi). O por qué tenía que escribir cuentas en un papel cuando las hacía de cabeza mucho más deprisa. O por qué tenía que trabajar en el cuadernillo de ortografía en vez de escribir su cuento, "Harry Potter IX". O por qué tenía que colorear el payaso de la ficha de inglés, si sus propios dibujos de payasos eran mucho más bonitos...

Durante un tiempo, se conformó a regañadientes, pensando: "Ya se les pasará". Pero solo pasaba los días... y nada cambiaba. Así que empezó a no poder... a no poder escribir en las cuadrículas durante más de 30 segundos seguidos, a no poder colorear, a no poder escribir las cuentas porque se distraía y tenía que volver a empezarlas cada rato... a no poder estar sentado en clase, a no poder callarse, a no poder decir gracias y por favor... Y a equivocarse en esto y aquello y lo de más allá. Se convirtió en un mal alumno...

Su papá y su mamá estaban muy preocupados, y su maestra también. Por eso un día, quedaron para hablar. Todas sabían lo que pasaba, pero la solución no era fácil. El papá y la mamá querían que al niño le siguiera gustando la escuela (y las matemáticas),  y entendían que eso solo podría pasar si toda esa parte de escuela que venía a casa cambiaba. Pero la maestra no estaba de acuerdo, porque le resultaba difícil manejar esa situación delante de los otros niños, y porque pensaba que era necesario el trabajo en casa para que los niños y niñas adquiriesen hábitos de estudio personal. El papá y la mamá entendían su punto de vista, y lo respetaban, aunque no estaban de acuerdo.

Imagen de Ra Moyano
Por eso le propusieron elaborar ellos mismos material para trabajar en casa, e incluso en la escuela,  puesto que entraba dentro de sus posibilidades. Así, podrían favorecer ese hábito que parecía tan importante para los niños de 8 años, y a la vez, plantearían a su hijo actividades y desafíos que le sacaran de su aburrimiento y le hicieran reconciliarse con la escuela (y con las matemáticas). El plan pasaba, naturalmente, por trabajar en ideas y conceptos totalmente ajenos a lo que pudiera ser estudiado en cualquier curso de la escuela primaria y secundaria (bases de numeración, lógica matemática, problemas de ingenio, teoría de conjuntos...) de forma que no interfiriese con los procedimientos aritméticos y geométricos básicos (y menos básicos) que constituyen las matemáticas de estas etapas. Y la maestra dijo que no. Como (casi) siempre en esta vida, las personas no son buenas ni malas: muchas veces solo tienen miedo. Miedo a equivocarse, o a perder el control. Y rechazó la colaboración de un papá y una mamá en la educación de su hijo, así, de un plumazo. 

Pobre maestra... y pobre niño... y pobres papá y mamá. Pero como era una buena maestra, y quería lo mejor para el niño, le dio lo que sabía darle: cariño y atención. Menos mal, porque en lo académico, casi nada cambió: unas pinceladas de enriquecimiento, supeditadas a la finalización en plazo de las tareas ordinarias, estrategia que se demostró inútil al poco tiempo. Si hay algo difícil de reparar sin hacer algo radicalmente diferente es la pérdida de la motivación interna. Él sufría, su papá sufría, su mamá sufría, su maestra sufría... porque no basta con hablar de los problemas: hay que darles solución.

Y pasaron dos años, con temporadas peores y temporadas mejores. Ahora el niño ya no era tan pequeño, ya estaba entrando en la preadolescencia. Ese picorcillo interior constante en que se transformaba su frustración le llevó a hacer una trastada. De las gordas. De las que podrían poner en peligro la integridad física de terceros. Y entonces, por fin, hubo suficientes razones para tomar una decisión que le cambiaría la vida... por dos motivos: porque le rescataron de la clase de matemáticas y porque le rescataron de su pozo personal.

Imagen de Walala Pancho

El niño no tuvo que volver nunca más a la clase de mates en sus restantes años de escuela primaria (aunque a veces estuviera en el aula mientras la maestra explicaba a otros la lección, y aunque se examinase cuando tocaba). Si le hubieran preguntado a él, posiblemente habría elegido estar en la biblioteca mientras tanto, investigando sobre los dioses griegos o disfrutando de una buena historia; incluso aprendiendo a programar de forma autodidacta, vaya usted a saber. Pero naturalmente no le dieron a elegir, sino que le asignaron a una persona de apoyo que cuidaba de él, en el sentido más amplio: le hablaba, le escuchaba, y también trabajaba con él las ideas, conceptos y procedimientos matemáticos. Y esto le salvó. Se volvió alegre y expansivo, y un magnífico estudiante, un alumno colaborador y un buen compañero, siempre dispuesto a ayudar a otros niños y niñas. 

Imagen de Ariel López
A la escuela le costó casi tres cursos entender que el aburrimiento mata, y otros dos que resucitaran su confianza en sí mismo y sus ganas de seguir aprendiendo en ella. Y durante todo ese tiempo, el niño nunca dejó de querer a la maestra, e incluso aprendió a querer y a hacerse querer por los nuevos maestros que siguieron. Papá y mamá acudían a la escuela regularmente para conocer de primera mano cómo iban las cosas; se sentían aliviados y agradecidos por haber tenido la suerte de ser destinatarios de una solución que apareció como por arte de magia. Pero nunca se sintieron partícipes de las decisiones. 


Este cuento aún no tiene final pero, posiblemente, será un final feliz.



PD. Todos los niños y niñas son diferentes, pero todos necesitan cariño y comprensión. Y todos merecen ser tenidos en cuenta. Los niños y las niñas, en la casa o en la escuela, son sujetos, protagonistas de sus vidas, no objetos, personajes secundarios de las nuestras.